En comunidad durante el evento Bay Area Climate Literacy Exchange
Los asistentes del Bay Area Climate Literacy Exchange se turnaron para pintar un mural organizado por Brushstrokes for the Bay, un proyecto de mural ambiental dirigido por estudiantes. Foto: Padma Balaji
La semana pasada, me brinqué las clases para ir a una conferencia de conocimiento climático. Era un lunes fresco por la mañana y me despegué de mi cama — una hora antes de lo normal — para alcanzar un autobús eléctrico dirigiéndose a Oakland.
El Bay Area Climate Literacy Exchange técnicamente es un día de desarrollamiento profesional para maestros, con oradores principales, mesas de diálogo, y talleres para asistir en mejorar el entendimiento de temas climáticos en los salones — pero casi la mitad de los que iban conmigo en el autobús eran estudiantes de preparatoria.
El evento inició en 2024 como una reunión de maestros enfocados en temas climáticos, donde podián compartir mejores prácticas y desarrollar sus cursos. Dos años después, se ha transformado en un intercambio entre diferentes generaciones de maestros, estudiantes, y organizaciones del medio ambiente para intentar comprender cómo el cambio climático, la justicia ambiental, y la educación se relacionan.
Conforme llegamos al centro Chabot Space & Science Center, que está a lo alto de los cerros de Oakland y entre un bosque de secuoyas, no pude resistir mirar a mi alrededor con admiración. Se sentía una emoción que raramente ocurre cuando hablamos del cambio climático o el sistema de educación — y era contagiosa.
Es difícil describir lo que es observar a más de 200 personas y darse cuenta que a cada una de ellas le preocupa profundamente el cambio climático. Harry Samuel Bevan, estudiante de la escuela Bancroft Middle School en San Leandro, me dijo que pasó por “una gran epifanía al reconocer que no estoy solo. No soy el chico raro. Hay otros raros por ahí”.
Me quedé boquiabierta cuando conocí a Harry y me dijo que apenas estaba en séptimo grado. Como joven en el ámbito climático, los adultos a menudo me dicen lo inspirador que es vernos tan interesados en abordar cambios climáticos. En mi último año de preparatoria, casi todos los estudiantes que asistieron a este evento eran más chicos que yo, y sentí esa ola de esperanza que me invadió también a mi — no solo al ver a estudiantes más jóvenes entusiasmados con la educación climática, sino también a tantos maestros participando.
Como adolescente, es fácil sentirse apartada de las instituciones que supuestamente deben ayudarme, especialmente dentro del sistema educativo. De pequeña, la única educación climática que recibí fue en la clase de ciencias, donde aprendí cómo ocurre el cambio climático, pero no el por qué ni cómo solucionarlo. Poder estar en un taller de desarrollo profesional para maestros, parte del sistema educativo al cual yo he asistido durante los últimos 12 años, me sentí un poco como una espía. Los maestros usaban acrónimos como TOSA (teacher on special assignment, en inglés, o maestros en asignación especial) y hablaban sobre el cumplimiento de los estándares de rendimiento, mientras yo movía la cabeza para fingir entender.
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Los participantes posan juntos para una fotografía. Foto: Padma Balaji
La mayoría de eventos juveniles sobre el clima a los cuales yo he ido se enfocan en tareas pequeñas o individuales: clubes de medio ambiente, crear jardines en las escuelas, invitar a otros estudiantes al movimiento ambiental. Como jóvenes, estas cositas son lo que tenemos como poderes para influir en nuestras comunidades. Sin embargo, el intercambio de conocimiento climático durante la conferencia fue una forma rápida de aprender sobre el cambio sistémico.
Por la mañana, asistí a un taller sobre el desperdicio de alimentos, que forma la mayor parte de la basura diaria. Los alimentos, especialmente en las escuelas, se diseñaron para ser desechables. Por primera vez, comencé a preguntarme cómo podríamos rediseñar ese sistema de manera tangible, para que el tercio de nuestro suministro de alimentos que se desperdicia pueda más bien quedarse dentro de comunidades del Área de la Bahía, donde una cuarta parte de los hogares padece inseguridad alimentaria.
Para StopWaste, una organización del condado de Alameda y copatrocinadora del evento, esta posibilidad comienza en las escuelas. Su iniciativa Smart Cafetería Schools (cafeterías inteligentes en las escuelas) ayuda a reducir el desperdicio en las escuelas del condado de Alameda, incluyendo a mi propio distrito escolar, Fremont Unified. Durante los últimos años, Fremont ha colaborado con StopWaste para contribuir con vajillas reutilizables en las cafeterías.
Pero esa iniciativa aún no llega a mi preparatoria, así que no sabía de este cambio hasta que fui a un taller de StopWaste. De hecho, me encontré con muchos estudiantes y maestros de Fremont en la conferencia, quienes están trabajando en soluciones climáticas justo dentro de mi comunidad — y aún así no sabía que esto existía.
“Se siente un poco como una red secreta”, dice Sadie Fitzhugh, una estudiante de segundo año en Berkeley High School. “Como, yo no sabía que esto estaba aquí, pero ahora que estoy conociendo a toda esta gente, puedo ver todos estos esfuerzos que podemos combinar y así realizar cosas asombrosas”.
En particular, a Sadie le apasionan las estufas de inducción, que funcionan con electricidad en lugar de gas y pueden tener beneficios tanto para el medio ambiente como para la salud. Durante el almuerzo, cuando miembros de la comunidad y organizaciones climáticas instalaron mesas para mostrar su trabajo, Sadie se paró junto a una estufa de inducción y convenció a todos los que pasaban, incluyéndome a mí, que la estufa era, literalmente, lo mejor del mundo.
Por casualidad, el evento incluyó un taller completo sobre cómo cocinar en estufas de inducción y cómo la electricidad puede mejor alcanzar los estándares de ciencia de los grados K-5. “Fue realmente increíble ver a otras personas trabajando en esto”, dice Sadie. “Y al final del taller, sentí que tenía planes, que tenía contactos, y me llené de energía”.
Ver “una asamblea de personas que realmente están continuando la batalla contra este monstruo enorme que es el cambio climático, la contaminación, el capitalismo, y todos estos problemas, me ha dado esperanza durante tiempos críticos”, ella añadió.
Casi un tercio de los que estaban presentes en la conferencia eran estudiantes que venían de 16 diferentes distritos escolares.
“Honestamente, pienso que los estudiantes realmente pueden ser maestros”, dice Sadie. “Estamos enseñándole a nuestros amigos, a niños más pequeños, y les enseñamos a nuestros adultos”.
Pero nada encapsuló mejor el espíritu de la conexión entre diferentes generaciones y el mensaje de esperanza como la función de música-con-reciclaje-rap-palabra-hablada-climática durante la ceremonia que cerró el evento. Harry y otro estudiante de Bancroft Middle School tocaron un tambor que habían hecho usando basura y copas de vino musicales mientras que otros participantes leían un poema sobre temas climáticos. El público brindó tantas porras que se escuchaba como un concierto en vez de una conferencia del clima.
Terminamos con un grito de solidaridad entre campesinos llamado “Isang Bagsak”, inventado por el grupo de activistas United Farm Workers en los años ‘60 que se hacía para unir a trabajadores latinos y filipinos. El aplauso final sonó a través del cuarto entero, cautivándonos tras un momento de silencio antes de estallar en grito. Después me enteré que la frase “isang bagsak” significa “uno cae, todos caen” en el lenguaje tagalog, símbolo de que si uno cae o sube, todos hacemos lo mismo — en comunidad.
Traducido por Nik Altenberg.


