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Los trabajadores de los viñedos de Sonoma queman por un futuro mejor

by | Sep 16, 2026

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Hace algunos años, Anayeli Rodríguez cambió las montañas de Oaxaca, México, por los viñedos de Sonoma. Sin importar cuán lejos vaya, el recuerdo del ritual que su abuelo hacía antes de la siembra la acompaña: intacto. Cada año, él solía verter un shot de tequila en la tierra y pedirle a la tierra que bendijera el maíz o la caña. Las plantas crecían, eran cosechadas y el rastrojo era quemado para preparar la siguiente temporada. Y así pasaba el tiempo: entre siembra y quema, año tras año.

“Quemábamos para poder sembrar”, recuerda Rodríguez.

Los fuegos controlados, como los de su abuelo, solían ser comunes entre los pueblos indígenas de Norteamérica, hasta que los colonos europeos los prohibieron en buena parte del continente como parte de un esfuerzo más amplio por extirpar las culturas nativas. En California, la práctica se condenó explícitamente en 1850, y a quienes se atrevían a prenderle fuego a la tierra incluso los amenazaban con dispararles. A diferencia de Estados Unidos y Canadá, que criminalizaron el fuego y lo prohibieron de forma más agresiva, México restringió la quema tradicional de manera más desigual a lo largo del siglo XX, y las prohibiciones buscaban proteger los bosques e incentivar la ganadería, no asimilar a los pueblos indígenas y sus culturas. Por eso, las quemas controladas con un fuerte arraigo cultural, como las que recuerda Rodríguez, permanecen.

Hoy, muchos trabajadores que salieron de México han traído consigo sus rituales de fuego y los están usando para regenerar la tierra. El incendio Tubbs de 2017, que arrasó los condados de Lake, Napa y Sonoma, lo cambió todo para Rodríguez y otros trabajadores de los viñedos. Mientras veían arder los cerros, se dieron cuenta de que sus tradiciones podían ayudar a salvar su nuevo hogar. Un fuego, prendido con cuidado e intención, puede restaurar ciertos ecosistemas y ayudar a prevenir los incendios apocalípticos que hemos visto en los últimos años y que, con el cambio climático, se han vuelto cada vez más frecuentes.

“Después de los incendios de 2017, empezamos a hacer quemas prescritas para quemar plagas y combustibles secos”, dice Jorge Romero, uno de los primeros en organizar quemas basadas en esas tradiciones en Sonoma. “Todo eso para poder evitar un poco los incendios forestales.”

Lo que empezó como un grupo de una docena de trabajadores se ha más que duplicado. Son formados y respaldados por North Bay Jobs with Justice, una coalición de más de 30 organizaciones laborales y comunitarias de los condados de Sonoma, Napa y Marin. En los últimos años, los trabajadores han recuperado bosques y ríos por todo Sonoma, y en noviembre pasado empezaron a construir algo propio: una cooperativa de trabajadores del campo para regenerar la tierra. Tras largos debates, los más de 20 miembros acordaron llamarla Semillas en Manos Unidas, SEMU.

Un encuentro de la SEMU en agosto. Foto: North Bay Jobs with Justice Media

El nombre, explica Anayeli Guzmán, integrante de SEMU, es una manera de decirle al mundo que “estamos sembrando las semillas de algo nuevo, algo para el futuro”.

La cooperativa tiene dos objetivos: sanar la tierra que ha sido desgastada por décadas de agricultura industrial y, en ese proceso, protegerla de futuros incendios; y ofrecerles a los trabajadores ser dueños de su propio futuro, un futuro más allá de los viñedos en los que han trabajado por años.

“Optamos por ser una cooperativa porque no queremos seguir teniendo un patrón”, dice Rodríguez. “Aquí todos somos dueños. Nadie está por encima ni por debajo de nadie; todos valemos lo mismo.”

Un futuro más allá del vino

La célebre industria del vino de California está en problemas. Según sus propias cuentas, el sector aún aporta 73.000 millones de dólares a la economía del estado y genera más de 400.000 empleos. Pero los estadounidenses beben menos, en especial los de la generación Z, y ese cambio, sumado a los aranceles y a la sobreoferta, ha golpeado a los productores y a muchas comunidades que dependen de los viñedos.

Los trabajadores de la SEMU son conscientes del declive, pero lo ven como una oportunidad, como la puerta de salida de una industria con un historial documentado de abusos en su contra. Su meta, dice Guzmán, es reparar las injusticias: tanto las que sufrieron ellos como jornaleros (robos de salario, malos tratos y explotación) como las que ha padecido la tierra por la viticultura industrial, que la erosiona y la despoja de nutrientes vitales.

“Para nosotros, la tierra es fundamental para la vida”, dice.

Para sanar la tierra, los trabajadores de SEMU siguen un método arraigado en sus propias tradiciones. Días antes de una quema, examinan el terreno para determinar si puede aguantar el fuego. Si sí, lo preparan y delimitan, y podan las ramas más bajas de los árboles para evitar que el fuego trepe y se propague sin control. Solo entonces, de la mano de comunidades nativas locales, le piden permiso a la tierra con una bendición y bebidas tradicionales. Después, le prenden fuego.

Los trabajadores de la SEMU en un entrenamiento en mayo. Foto: North Bay Jobs with Justice

En estos años, Rodríguez ha visto cómo el fuego le ha devuelto la vida a la tierra. Con los otros miembros de la cooperativa, han visto el despertar de semillas que llevaban dormidas más de un siglo y cómo el suelo se ha reverdecido. Las quemas, traídas de Oaxaca y otras partes de México, también han ayudado a las comunidades nativas a recuperar prácticas que habían olvidado.

“A veces se ponen a platicar con nosotros, y muchos no tenían idea de cómo se hacían las quemas. Nosotros les platicamos cómo lo hacemos y ellos empiezan a recordar cómo lo hacían sus abuelos”, dice Rodríguez. “Eran prácticas que ellos estaban perdiendo. Pero ahora, con los grandes incendios que ha habido por acá, estamos volviendo a darle vida a esa cultura.”

La SEMU aún está en proceso de formación, y sus integrantes están afinando los detalles para constituirla formalmente. Su sueño es convertirse en el lugar donde los trabajadores de los viñedos puedan ser dueños de su trabajo, a la vez que reparan y hacen habitable el campo en un mundo cada día más caliente.

“La cooperativa es para cambiar todo lo malo que estábamos viviendo por algo mucho mejor”, dice Guzmán. “Es el puente hacia ese sueño que tenemos todos.”

Para Rodríguez, es otra clase de puente, uno que se extiende entre la Oaxaca que dejó y la Sonoma que está construyendo. Pocas cosas la hacen más feliz que un día en el campo, donde sus padres, sus abuelos y quienes vinieron antes se sienten tan cerca.

“Me deprimo cuando trabajo adentro. Cuando me dicen que hay un proyecto, me pongo feliz, encantada de la vida”, dice. “Es mi mejor psicólogo.”

Foto: North Bay Jobs With Justice